Del trabajo a casa, de casa al trabajo.
Sumario: 1.- Introducción. 2.- El uso del tiempo como criterio de análisis. 3.- Factores de riesgo psicosocial: interacción con las condiciones y medio ambiente de trabajo y los riesgos de trabajo tradicionales. 4.- Crisis de la universalidad de las medidas de prevención y del nexo causal.
1.- Introducción:
Desde 2017, la Superintendencia de Riegos de Trabajo, publica información estadística de siniestralidad laboral, desglosándola según el sexo asignado al nacer de la persona trabajadora. Cabe aclarar que, estas estadísticas únicamente reflejan la situación de trabajadores y trabajadoras que poseen cobertura de riesgos de trabajo, permaneciendo completamente invisibilizados los riesgos de trabajo que también sufren quienes no la poseen.
Aún cuando a lo largo de estos siete años, la cantidad de mujeres asalariadas con cobertura de riesgo de trabajo ha sido siempre inferior a la cantidad de trabajadores asegurados, ellas han sostenido un alto porcentaje de accidentes in itinere en comparación con sus pares varones. Incluso, esa brecha siniestral -entre uno y otro- no ha disminuido, ni siquiera mientras estuvieron vigentes en nuestro país las restricciones de circulación con motivo de la pandemia Covid-19.
Por su parte, los varones trabajadores superan ampliamente los índices de siniestralidad de las mujeres en accidentes de trabajo, llevando la punta también -aunque menos significativa- en enfermedades profesionales.
Concretamente, las trabajadoras cubiertas denunciaron -respectivamente- en 2022 y 2023, 33,3% y 33,8% de accidentes in itinere. Mientras que, para los mismos períodos, los varones notificaron un 19% y 20% de siniestros laborales en tránsito.
Por otro lado, en 2022, las mujeres asalariadas reportaron un 54,5% de accidentes de trabajo, mientras los trabajadores varones denunciaron un 68%. A este respecto, los índices no variaron demasiado para el 2023 (53,8% las mujeres, 67,4% los varones).
Como lo adelantáramos párrafos más arriba, si bien no resulta tan importante la diferencia entre mujeres y varones trabajadores en materia de enfermedades profesionales, sí es destacable que no sufren las mismas patologías. El 54% de las trabajadoras denunció enfermedades profesionales vinculadas con el uso de la voz, mientras los varones asalariados denunciaron un 68% de patologías laborales vinculadas a la exposición al ruido.
La alta tasa de accidentes de trabajo y las enfermedades profesionales que caracterizan la siniestralidad laboral de los trabajadores encuentra explicación en dos factores importantes: la inmensa concentración de varones en actividades económicas-productivas vinculadas a la industria y el tipo de tareas laborales que ellas aparejan. De acuerdo a los datos relevados por INDEC, los trabajadores asalariados dominan en un 95,6% las industrias de la construcción, servicio de transporte y almacenamiento 90%, explotación de minas y canteras 85,4%, agricultura, ganadería, caza y pesca 84,5%, suministro de electricidad, gas, vapor y aire acondicionado 81,9%, suministro de agua cloacas residuos, y otros 77, 1%, industria manufacturera 73%, etc. Las tareas que estas actividades suponen, implican el uso de fuerza física y de cosas (herramientas, máquinas, etc) que son de por sí riesgosas.
Mientras que las mujeres trabajadoras equiparan a los varones asalariados a partir de las actividades vinculadas con los servicios (inmobiliarios, intermediación financiera, seguros, profesionales, técnicos, científicos, salud humana, etc) dominando el sector enseñanza en un 76,2% y personal de casas particulares en un 95,4%. La alta presencia de trabajadoras mujeres en la actividad vinculada a los servicios (entre ellos el de educación) explican el tipo de enfermedades profesionales que experimentan diferenciándose de los varones trabajadores.
2.- El uso del tiempo como criterio de análisis
La Superintendencia de Riesgos del Trabajo, “ranquea” las diez formas más frecuentes de accidentabilidad laboral, sin diferenciar entre in itinere y de trabajo, sólo discriminándolos según el sexo de la persona trabajadora que los padece. Al comparar ambos rankings del año 2023, resultan llamativos dos índices vinculados a las mujeres trabajadoras: a) notifican un 28,73% de caídas que ocurren a un mismo nivel, mientras los varones reportan un 16,65%; y b) sufren agresiones sin uso de arma en un 4,27% frente a un 2,6% que experimentan los trabajadores varones.
Esta información puede facilitar ciertas aproximaciones especulativas, sin embargo, continuamos sin entender qué factores de riesgo están presentes fuera de los establecimientos laborales todo el tiempo que duran los traslados desde y hacia el hogar. ¿Es acaso el tiempo un criterio de análisis relevante?
Veamos. De acuerdo a las estadísticas publicadas por INDEC en relación al uso del tiempo, las personas necesitamos una jornada de entre diez y once horas diarias para el cuidado y la subsistencia personal (dormir, comer, asearse, etc). Las mujeres en particular, comprometen además una jornada diaria promedio de seis horas y media para atender tareas de cuidado de un otre que no generan salario (trabajo de cuidado no remunerado). Estas dos jornadas suman -aproximadamente- dieciséis horas diarias, lo cual supone que, adicionar una tercer jornada para el trabajo asalariado, generará en las mujeres un problema para conciliar la vida socio afectiva con la laboral, disponiendo de escasos márgenes de maniobra ante imprevistos o bien, sometiéndola a intrincadas estrategias de organización para poder cumplir con semejantes estándares de demanda y atención.
La problemática que representa conciliar vida laboral y socio afectiva está vinculada con el tiempo, y lo es en esos términos para todas las personas que trabajan. Sin embargo, la existencia de esta triple jornada que vivencian particularmente las mujeres trabajadoras, las expone a este riesgo psicosocial de forma mucho más intensa y sostenida que a los varones asalariados.
Las trabajadoras conviven con el estrés como coadyuvante en los intentos de conciliar la vida personal, familiar y laboral, porque son las condiciones de existencia que impone el sistema de división sexual del trabajo.
Probablemente, los índices de consumo de estimulantes y tranquilizantes que ostentan las mujeres (16%, frente al 10,7% de los varones) sea un indicador que permita visibilizar como se gestiona aquella convivencia con el estrés.
3.- Factores de riesgo psicosocial: interacción con las condiciones y medio ambiente de trabajo y los riesgos de trabajo tradicionales.
En 1984, la OIT y la OMS, en forma conjunta concluyeron que “Los factores de riesgos psicosocial abarcan las interacciones entre el medio ambiente laboral, las características de las condiciones de trabajo, las relaciones entre los trabajadores y la organización, las características del trabajador, su cultura, sus necesidades y su situación personal fuera del trabajo”. Por su parte, en 2016, la OIT ha concluido que “El trabajo no solo proporciona recursos económicos sino que contribuye a las funciones psicológicas básicas, como la estructura del tiempo, los contactos sociales, y la identidad individual”
La división sexual del trabajo, la doble y triple jornada que realizan las mujeres son, ni más ni menos, que factores de riesgos psicosociales. Como lo es también la violencia con motivos de género que, en las estadísticas de SRT podemos suponer reflejada en los casos de agresiones sin uso de arma, índice en el cual las mujeres duplican a los varones.
La interacción entre los factores de riesgos psicosociales, las condiciones y medio ambientes de trabajo, y los factores de riesgo laboral tradicionales permiten dar una explicación verosímil a los altos índices de siniestralidad in itinere que experimentan las mujeres trabajadoras.
En definitiva, son las condiciones de existencia de las mujeres trabajadoras un campo minado de factores de riesgo psicosociales que al interactuar con las condiciones y medio ambiente laborales, facilitan la producción de siniestros en los traslados del hogar al trabajo y del trabajo al hogar. Probablemente, en los traslados las mujeres asalariadas estén absortas en coordinar las tareas de gestión de la vida personal y familiar, apuradas en el intento de llegar a tiempo o de sortear las contingencias que pueden aparecer en los traslados y, en definitiva, disminuyendo su atención o concentración producto del cansancio o del estrés. Todo lo cual se agrava con la vulnerabilidad de las mujeres frente a la violencia con motivos de género.
Y aunque intento acercarme a los factores de riesgo que aumentan la siniestralidad in itinere de las trabajadoras, debo admitir que aún queda por estudiar el efecto nocivo de otros riesgos psicosociales tales como la violencia laboral con motivos de género, la brecha salarial, el techo de cristal, etc.
4.- Conclusiones finales. Crisis de la universalidad de las medidas de prevención y del nexo causal.
Para ir concluyendo, los datos evidencian que -más allá de las diferencias biológicas que existen entre varones y mujeres y que están expuestos ambos a riesgos laborales- existe un sistema de producción y reproducción social que impone a las mujeres condiciones de vida absolutamente distintas a las que tienen los varones.
Esas condiciones de vida distintas son la consecuencia necesaria de la división sexual del trabajo, la asignación de roles sociales basados en prejuicios de género y el reparto inequitativo de las tareas de cuidado.
Vivir en condiciones de existencia distintas y trabajar en actividades productivas distintas objetivamente expone a varones y mujeres a riesgos también diferentes. En este sentido, si hubiera una decisión política de desarrollar estrategias de prevención de riesgos laborales, necesariamente deberá tenerse en cuenta la cuestión de género.
La interacción de los riesgos psicosociales y los riesgos de trabajo tradicionales, rompen con la idea de universalidad en las medidas de prevención. Es decir, las medidas de prevención que se proyectan generalmente para varones, no serán eficaces para las mujeres trabajadoras.
Y, por último, es también esta interacción de los riesgos dentro y fuera del trabajo lo que pone en tela de juicio la construcción jurídica del nexo causal tal como hoy la conocemos, por lo menos para las enfermedades profesionales.
Autora: Rocío Celeste Sambrano
Abogada litigante (UNR). Asesora y capacitadora sindical en materia de violencia laboral, género y diversidades.